El lobo y los hombres de cuidado

Oscuridad. Se oye una respiración profunda, animal. Se enciende una luz roja y un hombre con una máscara de lobo recorre el escenario mirando desafiante al público. Así empieza «El hombre es un lobo para el hombre», la obra de Teatro Foro que un grupo de internos del Centro Penitenciario Madrid II (Alcalá Meco) representó ante un centenar de compañeros de otros módulos hace unas semanas.
Entre septiembre y diciembre de 2025, este grupo de unos quince internos se reunió una vez por semana, a lo largo de trece sesiones, en el marco del programa Hombres de cuidado, financiado por la Consejería de Igualdad de Alcalá de Henares, para reflexionar sobre cómo aprendieron a ser hombres y qué significa eso en relación con los cuidados, los propios y los ajenos. Es la segunda vez que llevamos este taller a. C.P. Madrid II: en 2023 la creación se centró en lo que se activa en los hombres cuando oímos ese «¿qué pasa, que eres un gallina?»,
Como en aquella edición, casi ningún participante llegó buscando hablar de género y masculinidad: sus expectativas hablaban de curiosidad por el teatro, de aprender y probar cosas nuevas, de salir del módulo, de evadirse, de perder el miedo a relacionarse con la gente o, sencillamente, de «liberar la mente». Sesión a sesión, fuimos conociéndonos, haciendo grupo, entrando en el tema y empezando a compartir historias personales. Así, a partir de sus propias vivencias, fue tomando forma la figura que acabó dando nombre a todo lo que estábamos trabajando: el Lobo.
El Lobo es esa voz interior —o exterior cuando otros la verbalizan— que dice «Si no eres lobo, te comen». Una voz que muchos hombres conocemos (¿todos?) y que, en la cárcel, se ve intensificada. La obra, creada a partir de las historias de vida de los participantes e interpretada por ellos mismos, muestra cómo nace el Lobo: un padre que empuja a su hijo a responder con violencia a una agresión, un amigo que esquiva la conversación cuando el protagonista de la escena se atreve a confesarle que está muy mal desde hace semanas, un compañero que prefiere callar antes que pedir ayuda. Y termina con una pregunta abierta: «¿Podemos hacer algo con esto? ¿O sólo podemos ser lobos?»
Tras la obra y los aplausos, el diálogo con el público: ¿qué habéis visto?, ¿qué habéis sentido?, ¿qué podrían haber hecho los personajes para que la historia acabara de otra manera?. Algunos internos se levantaron de sus asientos y subieron al escenario para ocupar el lugar de los personajes y probar otras formas de actuar. Y la conversación se fue centrando en la figura del padre. Unos hablaron de los padres que habían tenido, duros y violentos; otros, de los que no habían tenido: ausentes, desaparecidos. Y también de los padres que están siendo o que quieren ser con sus hijos e hijas. Hubo mucha emoción en la sala y momentos sanadores de esos que trae el teatro: una silla vacía, un actor convertido en padre y la oportunidad de decirle lo que nunca se había podido decir antes.
Quizá lo más valioso de este proceso haya sido abrir un espacio distinto al que los internos tienen en su día a día, un lugar donde pudieran permitirse ser más de verdad y donde las partes que normalmente esconden tuvieran cabida. Mostrarnos vulnerables entre hombres es un paso fundamental para conectar con la empatía, y sin empatía es difícil que haya cambio. El patriarcado es un lenguaje que aprendemos desde muy pequeños y, como todo lenguaje, se puede desaprender. Por eso seguimos apostando por estos espacios. Porque a la pregunta con la que termina la obra queremos darle esta respuesta: no, no sólo podemos ser lobos.
